Portada
Leo y el ratito de después
Un cuento para cuando algo que nos gusta termina y todavía queremos más.
Momento Tilo · ¡Quiero ver más dibujos!
Un cuento para cuando algo que nos gusta termina y todavía queremos más.
Esta muestra deja ver el Momento completo por dentro: la misma situación atraviesa cuento, narración, canción, actividad y guía. La compra todavía está cerrada mientras terminamos la colección.

1 · Entender
Portada
Un cuento para cuando algo que nos gusta termina y todavía queremos más.
Página 1 · El ratito preferido
Página 2 · Un final que se avisa
Página 3 · Otro, otro, otro
Página 4 · Toca parar
Página 5 · El enfado ocupa el salón
Página 6 · Ahora no
Página 7 · Una frase bajita
Página 8 · Un paso
Página 9 · El ratito de después
2 · Escuchar
Narración completa
El guion coincide palabra por palabra con la portada y las nueve páginas del cuento.
Leo y el ratito de después Un cuento para cuando algo que nos gusta termina y todavía queremos más. Por la tarde, cuando en el plato solo quedaban tres migas de pan y una piel de mandarina, llegaba el ratito preferido de Leo: los dibujos en la tablet. En la pantalla vivían Lea, Tinu y Maní. Corrían, cantaban y se escondían detrás de un árbol amarillo. Leo se sabía la canción del principio y también el ruido que hacía Maní al tropezar: —¡Ploinc! Cada vez que sonaba, Leo se reía igual. Mamá se sentó a su lado un momento. —Leo, cuando termine este capítulo, apagamos la tablet. Leo dijo que sí con la cabeza. O quizá solo movió la cabeza porque Tinu acababa de aparecer montado en una bicicleta diminuta. Sus ojos siguieron quietos, muy abiertos, mirando la pantalla. Mamá dejó junto al sofá el coche rojo de Leo. No dijo nada más. La canción del final empezó a sonar. Lea, Tinu y Maní se despidieron con la mano. La pantalla se quedó esperando el capítulo siguiente. —Otro —dijo Leo enseguida—. Solo uno. Cinco minutos más, mami. Se le había puesto la voz pequeña y rápida. Tenía los dedos agarrados a los dos lados de la tablet. —Quiero el del barco. Ese es muy corto. Mamá se acercó sin prisa. —Sé que quieres seguir y, al mismo tiempo, ahora toca parar. ¿La apagas tú o la apago yo? —¡No! —dijo Leo—. ¡No, no, no! Mamá esperó un instante. —Veo que ahora no puedes elegir. La apago yo. Pulsó el botón y guardó la tablet en el estante alto. En el cristal negro apareció un segundo la cara de Leo, con la boca abierta y las cejas muy juntas. Leo pataleó. Gritó tan fuerte que mamá dio un paso atrás para cuidar sus oídos, pero no se fue. —¡La quiero! ¡Dámela! —Querías otro capítulo —dijo mamá, con pocas palabras—. La pantalla está apagada. Estoy aquí. Leo lloró. Golpeó el cojín con el pie y lo dejó en el suelo. Mamá retiró la taza de la mesa baja y se sentó cerca, dejando sitio entre los dos. Mamá abrió los brazos por si Leo quería acercarse. Leo cruzó los suyos. —¡No abrazo! —Está bien. No tienes que abrazarme. Me quedo aquí. Leo se sentó de espaldas y escondió la cara entre las rodillas. Durante un rato solo se oyó su llanto, el frigorífico de la cocina y un coche que pasó por la calle haciendo brrrrr. Mamá siguió allí, sin volver a explicar el final. Al lado de Leo estaba Tilo, tumbado de lado con una oreja doblada. Leo lo cogió y se lo puso en el regazo. Le alisó la oreja con dos dedos. Después se inclinó hacia él y dijo muy flojito: «No me gusta, pero puedo hacerlo.» Leo seguía enfadado. Apretó a Tilo contra la barriga y dejó la barbilla apoyada entre sus orejas. Después levantó la cabeza. Mamá seguía sentada en el mismo sitio. Leo se puso de pie con Tilo en la mano. No fue corriendo. No sonrió. Dio un paso y luego otro, arrastrando un poco los calcetines por el suelo. Se sentó junto a mamá, no encima de ella. Mamá señaló el coche rojo que había dejado al lado del sofá. —Está aquí, por si luego te apetece. Leo no lo cogió todavía. Apoyó a Tilo entre los dos y se quedó mirando el estante donde descansaba la tablet apagada. Al cabo de un rato, Leo hizo rodar el coche rojo una sola vez. Rrrrrr. Mamá lo devolvió despacio. Leo volvió a empujarlo. Seguía serio, pero ya podía mirar otra cosa. —Te ha costado mucho terminar —dijo mamá—. Y lo has hecho con ayuda. —Hay cosas que no nos gustan, pero podemos hacerlas. Otra tarde volverá a costar. Puede que Leo llore otra vez o necesite más espacio. Hoy el capítulo terminó, la pantalla siguió apagada y mamá siguió allí. Leo empujó el coche una vez más. Rrrrrr.
3 · Recordar
recordar el final concreto, la frustración permitida y la presencia adulta sin convertir la canción en técnica de regulación.
Audio de la canción
La letra completa es la pieza que se revisa en esta ronda.
Verso 1
Se despiden los dibujos, yo quería ver un poco más. El capítulo ha terminado y mis manos no quieren soltar.
Preestribillo
Mamá guarda la pantalla y se queda cerca de mí: «Sé que quieres seguir y, al mismo tiempo, ahora toca parar.»
Estribillo
No me gusta, pero puedo hacerlo. No me gusta, me cuesta un montón. Puedo llorar, puedo pedir espacio; la pantalla sigue apagada y tú sigues junto a mí.
Verso 2
Hoy no quiero que me abracen, quiero un hueco para protestar. Cuando pueda doy un paso, cuando quiera vuelvo a mirar.
Puente
No fue fácil. Tuve ayuda. Otro día costará también. Hay cosas que no nos gustan, pero podemos hacerlas. Una vez, y otra vez.
Estribillo final
No me gusta, pero puedo hacerlo. No me gusta, me cuesta un montón. Puedo llorar, puedo pedir espacio; la pantalla sigue apagada y tú sigues junto a mí.
4 · Practicar
Ensayar desde la calma que una actividad agradable puede terminar, que la protesta puede existir y que el adulto mantiene el final sin retirar su disponibilidad.
Actividad guiada
La guía de juego completa queda visible mientras se prepara su audio.
5 · Acompañar
La pantalla concentra luz, sonido, ritmo y una historia que continúa. Al terminar, Leo no solo pierde un objeto: interrumpe de golpe algo muy absorbente. Su protesta puede estar intentando recuperar lo que quería y aliviar el malestar. No es necesario llamarlo manipulación ni convertirlo en un diagnóstico.
Que puede estar muy frustrado y recibir ayuda mientras un final se mantiene. El objetivo no es apagar sin llorar; es acumular experiencias en las que el límite no cambia y el vínculo tampoco desaparece.
En lugar de: «Cinco minutos más» para cortar el llanto
Prueba: Mantener el final y quedarse cerca.
En lugar de: Una explicación larga
Prueba: «Te cuesta parar. La pantalla está apagada. Estoy aquí.»
En lugar de: «No es para tanto»
Prueba: «Querías seguir. Esto cuesta mucho.»
En lugar de: Exigir abrazo o respiración
Prueba: «¿Quieres que esté cerca o prefieres espacio?»
En lugar de: Usar la pantalla como amenaza o premio
Prueba: Mantener una secuencia previsible con principio y final.
En lugar de: Elogiar que no lloró
Prueba: Describir el esfuerzo y la ayuda recibida.
Co-narra en tres frases: «Querías otro capítulo. Se terminó y te enfadaste mucho. Lo apagamos y yo me quedé contigo.» Si hubo impacto, reparad solo lo relacionado. Otro día practicad un final pequeño, no el conflicto completo.
Antes de intervenir, observa qué te activa: el ruido, la prisa, sentir que “te toma el pelo” o la mirada de otras personas. Tu tarea no es estar sereno de forma perfecta; es evitar decidir desde ese pico. Una frase interna útil: «No necesito terminar su emoción; necesito sostener el final sin añadir más fuego.»
Conviene consultar con un profesional de referencia si los cambios de actividad provocan daño frecuente o intenso, interfieren de forma sostenida en muchas rutinas o la familia siente que ya no puede mantener la seguridad.
«Sé que quieres seguir y, al mismo tiempo, ahora toca parar.»
«No me gusta, pero puedo hacerlo.»
«Hay cosas que no nos gustan, pero podemos hacerlas.»